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Le veo siempre ahí, tan solícito, tan susceptible de ser acariciado y sin embargo paso media vida observándole porque a veces me duele hacerle daño; le levanto las alas y asustado reculo, por momentos, para luego volver siempre a su lado, porque lleva razón y es infinito.
Él nos dicta los nombres del vacío y nosotros le otorgamos apariencia de sangre. Él nos planta semillas en el alma y nosotros le atribuimos apariencia de árbol. Él intuye el rastro de resina que asesina el tiempo de amarse.
Felipe B.
Un poema del libro "Wet floor", de Beatriz Aragón
Hace 8 horas
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