.
(Voto de confianza en un desierto con flores privadas)
Empezó el día con la letra pequeña, es decir, durmiendo. No sabía lo que hacía. Se sentía como aquella vez en la que un grupo de hippies le machacaron dialécticamente tras haberle atiborrado de alucinógenos caducos. Aquello le derrumbó. Arañó la cocina en busca de un hilillo que perdió al nacer dentro del frigorífico; no le malinterpreten, no nació dentro del frigorífico, sólo perdió su boca de anillo de coco en el orgasmo de una isla poblada de cretinos ¿Qué más hizo? Ah, sí: no pensó que tuviera arreglo y se casó con un serrucho en la terraza de un rascacielos neoyorquino (la cafetera rusa que él tanto anhelaba no estaba incluida en la lista de boda, así que tuvo que conformarse con tres besos en la mejilla.) Reinventó la rueda en un descampado ausente y salió volando por no dar marcha atrás.
En otra ocasión se fumó un cigarro de una sola calada y se fue a ofrecer sus servicios como fuelle a la perfumería de un lejano polígono industrial.
No paraba de preguntarse que hora era, se lo preguntaba tanto que llegó a ver la selva sembrada de semáforos y a canguros con muletas controlando el tráfico.
Nunca pensó en volverse loco, era imposible. Si tenía que ocurrir ocurriría. Guardaba listas en un cajón. Listas de títulos para obras de arte (poemas, canciones, cuadros,…), listas de cosas que había hecho, listas de cosas que haría, listas de psicoanalistas a los que nunca iría, listas de lo que nunca hacía, listas de cosas que nunca se le ocurrían…
“Nos veremos las caras… en el espejo”, le dijo una vez al cómico malvado: claro, era un cerebro pacífico, no se había rebelado todavía. Pero ¿que le habría hecho él? No entendía nada. Una madrugada fue a afiliarse al partido surrealista pero le dijeron que todo era demasiado fácil y no le admitieron. Se bebió diez cervezas en un vaso, siempre la misma cerveza, siempre el mismo vaso. Y entonces cambió por incompleto. No sabría decir cómo, sólo le noté diferente: ya no estaba dormido, sudaba y tenía frío y, lo más importante, veía todas las señales de la vida en enormes letras mayúsculas sobre gigantescas vallas publicitarias repartidas por toda la ciudad. Llegué a conocerle muchas veces pero nunca como aquella noche, una noche precoz, altisonante, rabilarga y zancuda. Y él, bueno, él era un falo de asfalto llorando de risa mientras cagaba y subrayaba las migajas de pena que le picaban en el culo mientras no paraba de repetir la palabra caléndula hasta que ésta perdió el sentido y fue entonces cuando se despertó bizco y rodeado de huesos de avispa y teclas de tabaco.
Felipe B.
Un poema del libro "Wet floor", de Beatriz Aragón
Hace 6 horas
No hay comentarios:
Publicar un comentario