prinzen strasse 38
entré en la cafetería calada del todo, dejando mis huellas de humedad sobre el piso de madera (plash, plash, plash) hasta que tropecé con la barra, un taburete de esos giratorios de los que tanto me gustan y un cincuentón de expresión amable con una gorra de béisbol gastada que tuvo que ser verde cuando lucía etiqueta y precio en algún supermercado pequeño, barato y perdido de una gasolinera cualquiera, pequeña y perdida, de idaho. las conocía muy bien, toda la infancia la pasé en una de aquellas, dos surtidores frente a la puerta de casa, el olor casi embriagador a gasolina y el doble claxon de algún cliente que aterrizaba en aquel territorio árido y yermo donde el viento decidía desquiciarte hasta la locura. por eso se fue mamá, aunque papá nunca me enseñó una sola fotografía de ella. sólo sé que conservo sus mismos rasgos, estos ojos negros, esta tímida nariz, la sonrisa amplia para una cara ancha que tapo dejándome el pelo suelto. al mirarme en el espejo siempre imagino a mi madre, los mismos accidentes en la piel, la misma mirada asustada. también imagino que ella, dondequiera que esté, al echarse un vistazo cada mañana, no podrá evitar imaginarse a su hija. quizás, pienso. pero no muy a menudo. no la echo de menos. crecí como un chico salvaje y aprendí pronto que tendría que valerme por mí misma. a los once años ya trabajaba con papá. a los dieciséis ya trabajaba en lugar de papá, que sólo se levantaba para coger otra botella de bourbon del armario, junto a la hornilla, mientras me preparaba un desayuno de huevos y bacon, el viento azotando el horizonte tras la ventana y el almanaque de 1964 que regalaban con dos paquetes de cereales colgado tras la puerta. cuando me fui arranqué el mes de septiembre para escribirle algunas palabras, pero no me salieron muchas. ahora, sin embargo, escribo sin parar. tal vez sea porque estuve mucho tiempo sin decir nada, no sé, pero todo se me amontona en la cabeza y tengo que dejarlo salir, así, silbando, poco a poco, presionando fuerte para que el aire se agarre a una melodía entre mis labios y sus grietas, las mismas hendiduras por las que se colaba el viento en casa y nos volvía locos. el mismo viento que cargó la browning de papá con una bala que terminó anoche de pasajera por su cerebro, en la cocina, junto al bourbon. pedí unos cuantos días en el periódico y salí en cuanto recibí la noticia hacia mi infancia. pero olvidé lo condenadamente lejos que estaba y el coche me dejó tirada unos kilómetros atrás de esta barra, sobre este taburete, frente a esa gorra gastada que fue verde a la que estoy pidiendo un café bien cargado y unas monedas para llamar por teléfono.
javier m.


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