Ocurre que los divorcios
insuflan ideas disparatadas
en los demandantes.
Mi hermano
en vez de matar a nadie
compró un balón de baloncesto.
Un domingo por la tarde
nos citó para jugar
en el ocaso de una resaca.
Por esa época
no éramos socios de ningún club
y no teníamos dinero ni espacio
para comprar una cancha.
Así que mi otro hermano dijo:
-Saltemos la valla de mi antiguo instituto.
Aunque éramos más altos y gordos
parecía que la valla del instituto
había crecido también.
Pero mi hermano-el otro- dijo:
-Les enseñaré cómo.
De repente sin saber cómo
estábamos los tres
en lo alto de una valla
alta y gorda
paralizados por la risa.
Y allí estaba mi hermano –el divorciado-
con su divorcio, su hipoteca,
su niña pequeña
su fin de mes
y sus ciento cinco kilos de carcajadas.
Y allí estaba mi hermano –el otro-
con su explosiva adolescencia
cabalgándole las sienes
su delincuencia juvenil
y su cuerpo fibroso temblando.
Y allí estaba yo
con mi aliento de nostalgia
mis billetes de lotería en la basura
mis poemas inconclusos
y mis ochenta kilos llorando de alegría.
Y la vida de repente
era una valla alta y gorda
que te atrapa
y sin embargo
maravillosa.
1 comentario:
Entrañable y sentido poema. Enhorabuena Miguel. Un abrazo.
Publicar un comentario